
Sean MacBride, premio Lenin y Nobel de la Paz a la vez...toma ya
Reivindicación del Informe Macbride en América Latina
Ecue Yamba O
Viejo Topo/Septiembre 2008
En plena Era de la Información, en las facultades de Periodismo públicas y, sobre todo, privadas, el alumnado aprende una técnica basada en una rápida selección de datos relevantes que, en realidad, se guía por una ordenación ideológica determinada por concepciones, cosmovisiones y objetivos concretos, usualmente alejados de la lucha emancipatoria y normalmente cercanos al conservadurismo imperante. Se aprende, por tanto, a esconder. Y la materia “descartable” es siempre la que pone en cuestión el orden “correcto” de la información. Diversos editores ya se encargan de orientarla –-o expulsar al periodista verdadero-- en caso de posibles fallas.
Por tanto, y tal y como lo señalara en los años 70 el Informe MacBride, seguimos habitando “un solo mundo” pero las “múltiples voces” que lo debieran describir no tienen acceso a las “grandes autopistas” de la información.
Bien lo sabe Aram Aharonian (Montevideo, 1946), autor del magnífico Vernos con nuestros propios ojos, un relato que da cuenta de que el problema es, ante todo, de raíz educativa. Que los grandes oligopolios de la comunicación ya saben el “tipo” de comunicador que necesitan: el callado y sumiso, el funcionario conservador, si no reaccionario, que no cuestiona, ni pone en aprietos a los accionistas que mantienen en vida a su medio de comunicación y que repite lo que a éstos les interesa, sin reformular, sin preguntarse a sí mismo, sin ayudar al lector, a su audiencia, a abrazar los múltiples caminos de la inteligencia crítica. En suma: se quiere a “cretinos postmodernos”, señala el comunicólogo con uruguaya sorna (que abunda en el relato, por cierto).
Forma e informar
La materia publicada, radiada y televisada debe servir, nos dice Aharonian, para formar e informar, no para deformar ni desinformar. Partiendo de la base de que los medios son hoy un Cuarto Poder que nadie elige, ni vota democráticamente, el autor se pregunta qué tipo de independencia y pluralidad mediática es posible en un entorno dominado por los problemas de acceso de los medios de comunicación nacionales, multiestatales o comunitario-asociativos a los grandes públicos, frente a los diarios, radios y televisoras corporativos que representan, con excelencia, los intereses de un puñado de grandes amos capitalistas, casi siempre pronorteamericanos, y cuya lógica es ganar dinero rápido e influir de arriba abajo.
Y su respuesta es simple: es imposible cambiar nada dentro de esos medios, por lo que es necesario construir unos medios abiertos a la “realidad real” frente a las toneladas de “realidad virtual” que a diario se inventan los ideólogos del periodismo anti-social que, desde las viejas potencias de siempre y EEUU, emiten para el mundo pero “sin el mundo” su verdad. Tales medios hegemónicos hablan desde la lógica “objetiva” de los intereses de sus países; pero no lo reconocen, lo que constituye un problema.
Aharonian urge a fundar un nuevo orden comunicacional basado en el periodismo multipolar –con un polo fuerte en un proyecto integracionista Latinoamericano, dueño de sí mismo— que represente las voces “alternativas” que ya existen en lo político, en lo económico y en lo social y que compita técnica, tecnológica y socialmente con los que aún dominan el panorama.
La batalla por unos medios potentes que “ilustren” lo real es titánica, pues en las últimas décadas se ha ido conformando la idea de que la prensa alternativa debe ser pequeña y minoritaria. Ello ha posibilitado que el alto lugar que debiera ocupar el pensamiento democrático y plural, haya sido sustituido, de manera invasiva, por las ideologías de centro, supuestamente moderadas, que no son más que las que niegan que exista colonialismo informativo –¿África existe más allá de sus desgracias? ¿Tanta risa da el jersey de Evo Morales y una frase descontextualizada de Chávez? ¿Existen, existieron, los movimientos sociales y las luchas obreras en Europa? ¿Por qué Norteamérica lanza tantas guerras? ¿Aparte de turistas europeos, quien más perece en una desgracia lejana? ¿Se sabe algo de la represión policial contra la “oposición” en EEUU?
Las “verdades” del sistema tienen como fin el silenciar o demoler todo lo que huela a diferencia, amplificando o disminuyendo según lo que marquen los intereses de una minoría social influyente o, peor aún, de un solo amo empresarial dueño de industrias y medios de comunicación (léase la familia venezolana Cisneros). Pero los pueblos, señala Aharonian, no están indefectiblemente dominados por la banalidad mediática, a pesar de que el mensaje dominante cale en todas las capas sociales (en Venezuela, la clase media vive con miedo y pierde capacidad de análisis a causa del discurso mediático paranoicamente antichavista, hegemónico se mire por dónde se mire).
La realidad gana siempre
Por suerte, la realidad tiene muchas veces otros canales por los que moverse, a pesar de que los medios conservadores actúen mal. Y para muestra, un botón. Pese a que, efectivamente, “la revolución nunca fue televisada” (frase de Gil-Scott Heron), Aharonian recuerda que durante el Golpe de Estado de 2002 contra Chávez el pueblo bajó a defender la legalidad democrática y, a pesar de que esos medios todavía tienen que informar sobre el acontecimiento, la gente logró enterarse de lo que sucedía. Los movimientos sociales, los partidos de la revolución usaron simplemente los resortes de la realidad, con su calle y sus altavoces “radio bemba”.
Pero el peligro persiste por cuanto el poder de insistencia de cientos de medios privados –muchos en manos de los mismos accionistas, fusión tras fusión-- pueden tumbar y desarmar movimientos enteros a base de repetición de consignas. Son los medios de los capitalistas, socialmente minoritarios pero económicamente fuertes (a pesar de o precisamente por su egoísmo).
Por ello, el autor repasa en los capítulos finales del libro todos los intentos de lograr una integración mediática pluriestatal pública en América Latina, con aportes mixtos, no alineada, asentada en valores de progreso y combativa con la visión excluyente, xenófoba y clasista de los medios comerciales de siempre.
“El no ver, no entender, es cotidiano y permanente”, indica Aharonian, en relación con el pensamiento ajeno a Latinoamérica –pero muy comprometido con la “creación de estados de opinón” sobre Latinoamérica-- que ejercen sobre las mesas y los salones de ese continente la CNN, Globovisión, Televisa o TVE Internacional. Abunda la información amarilla, vestida de seria eso sí, concursos para hacerse rico rápidamente, teleseries con los valores de los ricos, y películas alienantes impuestas por los potentes lobbies de Estados Unidos (el dictatorial MPAA). Todo ello sazonado con miles y miles de horas de publicidad comercial, sin duda creadora de estereotipos que perpetúan la ideología dominante. Sin dejar respirar a las industrias culturales latinoamericanas, tema éste abordado por el libro. Desgraciadamente, la maquinaria ‘latin’ de Miami “cultiva” en toda Nuestramérica.
Esperanzas
En un libro repleto de citas a especialistas en Periodística y pensadores clásicos y otros menos conocidos de la izquierda, Aharonian, riguroso de principio a fin por cuanto expone todo el saber acumulado por tan cambiante ciencia social en las últimas décadas, aboga –-aunque no lo diga-- por la construcción del John Reed del siglo XXI y la edificación de las nuevas The Masses —mítica revista fundada por aquél periodista, que participó en las Revoluciones de México (1913) y Rusia (1917) no como espectador pasivo sinó como “expectante” actor que fue capaz de explicar ambos acontecimientos ofreciendo información declarativa e interpretativa de todas las capas sociales en conflicto para, finalmente, llegar a una clara conclusión política: la de explicarlo todo para construir el poder (y el saber) del pueblo.
Aharonian condidera que el periodista del siglo XXI debe huir del escepticismo y del crispante “negativo” en que muchos informadores están instalados, por intereses espúreos y por su propia precariedad laboral (el paro es ley en este oficio). Aboga porque el o la comunicadora tenga memoria histórica en cada noticia que da. Y anima a que se transmita a la sociedad “lo positivo y lo bueno”, para contrarrestar al “fiscal” que nadie ha elegido, al agitador de demagogias que juega con la psicología de sociedades enteras sin contrapeso de poder. La derecha, el mundo de las élites y de los grandes propietarios, necesita de voceros. Y puede financiarlos otorgándoles unos medios de lujo.
Con todo, y a pesar de que los caminos de la comunicación democrática llevan décadas desandándose, el autor ve esperanzas al final del lúgubre túnel. Y es que, como señala, el abaratamiento de las Tecnologías de la Información –a las que dedica un par de capítulos en los que analiza la cuestión de la televisión digital terrestre, las nuevas señales, las posibilidades de Internet y la recuperación del espacio radioeléctrico por parte de los gobiernos democráticos de izquierda—permiten que hoy en día se pueda producir, de manera muy horizontal, información cercana a los movimientos sociales y en connivencia activa con quienes defienden a los de abajo y luchan por la igualdad (también comunicacional) a escala mundial. Falta empero equilibrar el pulso con medios a gran escala. Este libro y el Informe MacBride explican cómo lograrlo.

